¿Cómo se puede entablar una amistad con alguien que tiene más del doble de nuestra edad?
Susan Sontag acuñó la frase “El miedo a envejecer nace del reconocimiento de que uno no está viviendo la vida que desea. Es equivalente a la sensación de estar usando mal el presente.“, es decir, podríamos decir también que cuando no hay miedo a la vejez si se está viviendo la vida que se desea…
Siempre me ha gustado decir que la “C” en mi nombre (Lucía.. o Lucy) es de CURIOSA. Me gusta escuchar cuando mi mamá me cuenta que cuando tenía 3 años, en una granja, casi me metí debajo de una vaca que tenía a la par a su ternero recién nacido, para buscarle “la herida donde había nacido su bebé” así como yo había visto que ella tenía reciente la cicatriz de la cesárea luego del nacimiento de mi hermanita. O que desde que decidí hablar (porque pasé un mi buen tiempo hablando just enough, dirían los gringos, usando puro monosílabo gracias a la alcahuetería de mi abuelita), no dejé de preguntar lo que fuera que se me ocurriera seguido de veinte “¿y po qués?”.
Pues bien, por curiosa – y un poco shute – he terminado en medio de grupos sociales de lo más variados: desde animalistas hasta guionistas, pasando por fotógrafos, gestores culturales y literatos en actividades diversas como participar en tours, planificar eventos, montar exposiciones, coordinar clubes de lectura, de cine… en fin. Y eso me ha permitido la gran dicha de conocer hombres y mujeres inspiradores, entusiastas y grandes aliados en este viaje que es la vida.
Por varios años, coordiné un club peculiar fundado por cineastas como Mendel Samayoa, Cecilia Santamarina y otros. El club era de guionistas cinematográficos que se reunían a leer, escuchar, discutir y criticar eso, guiones. Cuando uno gana la capacidad, dada por el tiempo, de ver las cosas a la distancia, tratar de entender por qué un grupo de personas deciden reunirse “a escuchar una película leída” simplemente parece cosa de locos.
Pues bien, en una de aquellas reuniones (me parece que en esa época nos reuníamos en Casa Ibarguén en zona 1) empezó a asistir una señora de cabeza blanca y bolsito formal, que de pronto podría desentonar con los demás: patojos y patojas medio hippies, otro par de chavorrucos “cool” y uno que otro personaje estrella de la noche (Rafa Tres, Juan Diego Rodríguez, Chofo Espinosa, Katia Lara, Cesia Godoy, Kenneth Muller, Paul Haasse, entre muchos que se me escapan). Así era el promedio de aquellas reuniones, pero Raquel sin tapujo alguno se sentaba al frente, escuchaba atenta, pedía la palabra para aportar con una soltura sencilla, jamás arrogante, y una manera de ser completamente genuina.
Por supuesto, pronto nos hablamos aunque por lo extremo de los horarios y lugares en donde nos reuníamos (las reuniones terminaban pasadas las 21.30 en zonas peligrosillas del centro histórico) nos saludábamos solamente al inicio y al final, y algunas veces caminábamos juntas al carro, por lo que nos llevó un par de años acercarnos más.
Sin embargo, como Raquel era como una hormiguita trabajadora: determinada en llegar y cumplir aunque se tardara más, ella siempre buscó la forma de participar cuanto le fue posible. El club se reunió después en otras sedes como Sophos o el CCE perdiendo y ganando algunos miembros en cada cambio de ubicación por obvias y comprensibles razones. Raquel no fue una de esas personas. Ella me llamaba o me escribía para confirmar “Lucy, perdone, ¿en dónde es que será la reunión mañana?“.
Dicho club tuvo sus pausas entre ciclos y sedes. En una de aquellas pausas, estando yo como participante de otro club, esta vez de lectura, un día atravesó la puerta nuevamente aquella cabecita blanca llena de preguntas e ideas.
Este nuevo club se trataba de leer obras literarias que tuvieran la gastronomía como contexto, y lo dirigía la Chef Euda Morales, otra gran amiga con la que nos unió el amor por el conocimiento. Nos reuníamos en la biblioteca de la UFM alrededor del mediodía, un horario que atraía principalmente a quienes trabajábamos allí en la universidad o en los alrededores. Pues bien, tampoco aquello fue un obstáculo para Raquel. Ella llegaba manejando su carrito (verde, creo) y aunque su caminar era ya pausado también lo era determinado. Algunas veces llegó tarde (porque caminar del parqueo hasta la biblioteca no es sencillo para una señora de la tercera edad). En medio de aquella biblioteca le celebramos uno de sus cumpleaños, la cifra se me escapa pero haciendo cálculos estaría cumpliendo entre 87 y 89 años.
A partir de la pandemia nos quedamos en comunicación ya solamente a través del Whatsapp, ocasionalmente ella me contaba que se había metido a un webinar o algún curso en línea, ejerciendo su hábito por participar, saber y compartir. También supe que desde esa fecha “ya no salía solita” (imagino que a instancias de su familia).
Terminada la pandemia, me compartió el contacto de una nieta suya que estudiaba cine en USA, quien amablemente impartió una charla en línea para mis estudiantes universitarios. Una linda persona, tal y como su abuelita en lo amable y sencilla.
A lo largo del tiempo que tuve oportunidad de conversar con Raquel, nuestras conversaciones siempre fueron alrededor de lo que nos había reunido en algún lugar (cine o literatura). Ella me contó cómo había estudiado la misma maestría en literatura que yo había estudiado en la URL, aunque decidió no sacar la tesis, “porque yo me metí por saber y leer más” me dijo con su sonrisita que hacía sus ojos aún más achinaditos.
Supe cómo había decidido enrolarse en unas clases de computación para adultos mayores en la Galileo “para saber usar la tablet”. O que había llevado también teología en la URL. En fin, poco o casi nada hablamos de nuestras vidas privadas, familia, etc., y no porque ella estuviera sola en el mundo. Al contrario, tuvo sus hijos, nietos y familia en el final de sus días cerca de ella. Pero esos eran los espacios para la Raquel exploradora y curiosa del mundo. Allí no estaba como la abuelita o mamá de alguien, sino como una mujer que sin importar el paso de los años seguía ejerciendo su independencia.
Ayer 9 de octubre recibí un mensaje muy temprano en la mañana de parte de su nieta que vive fuera: su abuelita había fallecido. Hacía más o menos un mes y medio que ella amablemente me había contado que su abuelita ya no estaba revisando su celular (porque le pregunté al notar que no respondía mensajes en Whatasapp) y luego, su hija también se había tomado el tiempo de contestarme desde el celular de Raquel contándome sobre su salud.
Por eso, al ver la notificación muy temprano del número de su nieta, pensé “Raquel emprendió el vuelo”.
Mientras salía de mi breve visita al velorio para ofrecer el pésame, pensaba en cómo hay siempre oportunidad de conectar con almas afines cuando se está haciendo lo que uno genuinamente disfruta. No hay de otra. A muchas de las personas que he conocido a lo largo de mi vida y que se han convertido en amigos y parte de mi tribu, que no sea por haber estudiado juntos en el colegio o en la universidad, los he conocido como resultado de los mismos cuestionamientos e inquietudes, gracias al hambre por explorar. Raquel fue siempre una inspiración para mi, tanto que aunque no construimos una relación cercana fuera de aquellos ámbitos, si logramos conectar a través de nuestras afinidades, generando un profundo respeto y cariño sincero.
Descanse en paz Josefa Raquel Tablada Ortíz.
*Una mini tragedia para mi fue haber perdido muchas imágenes antes del 2017 por haber cambiado de celular o laptop sin back up. Logré recuperar algunas entre 2014 y 2017, pero de la época del club de guionistas me quedan las que se subieron a redes. Es así que las fotos que alguna vez me tomé con Raquel se perdieron, y solamente puedo compartir algunas donde la veo en el grupo.*

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