Hay una sinfonía suave que se percibe con otros sentidos distintos al oído en cada amanecer y en cada atardecer. Siempre que un rayo de sol se filtra por mi ventana en la mañana, automáticamente sonrío en ese apacible beso cálido que me recuerda que estoy viva otro día más.
Horas más tarde, el astro rey sigue su camino y se despide – por unas horas – corriendo el velo hacia las estrellas y la mística que las acompaña. Esos breves momentos en que el cielo se pinta de colores es una sinfonía para los sentidos. Una que se impregna en lo más profundo del alma.
Si uno puede elegir la hora de su partida de este plano, me gustaría que fuera en el ocaso, ser arrastrada por la estela brillante del sol hacia otras frecuencias de la vida.

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