Frase de don César
La primera mascota que sentí como propia llegó a mi vida cuando yo tenía ya unos 10 años y él (Bonsito) era apenas una pequeña bolita negra de un par de meses de edad.
De bebé, al parecer, fui la causante que se deshicieran del Führer, un doberman que seguro pasaba levantando pesas todo el día porque era puro músculo (según las fotos, por supuesto no lo recuerdo). Aparte del desafortunado nombre que jamás compartiré el por qué de semejante apelativo con demasiada connotación hitleriana para mi gusto, veo las fotos sepia en donde aparece aquel ser que creció fuerte gracias a una dieta privilegiada por parte de mi mamá. Por eso, cuando pregunto el por qué de su nombre me ha dicho “Porque hasta un perro puede llamarse así”. Después de todo, significa “líder, jefe” en alemán.
La historia que me cuentan es que el mentado Führer era tan consentido por mis papás, que cuando alguien llegó a removerlo de su trono (habían pasado años pensando que yo no llegaría jamás) éste se sintió amenazado y como buen guardián de su territorio pensó “esa bolita humana puede ser un snack, buscaré la forma de comermela” o algo así interpretaron mis papás. Lo siguiente que el pobre chuchón supo es que un día ya vivía en una finca de algún amigo. ¿Cómo terminaron sus días? ¿Fue feliz? ¿Se murió triste? Son preguntas que prefiero no hacerlas, porque no creo en deshacerse de un animalito, aunque claro, las crías propias están por encima de las “mascotas”, ¿cierto?.
En fin, estando vacío el espacio destinado al perro familiar, eventualmente llegaría una cocker que se llamaba Dolly, de quien si tengo un par de flashazos aunque sin mayor conexión. Descubrí después que no mucho me gustan los cocker spaniel, no sé por qué.
Desconozco el destino de Dolly, pero recuerdo mucho mejor a su hijo, el Teddy, porque ya existía mi hermana.
Si yo tengo al Führer en la conciencia, mi hermana tiene al Teddy, hijo de la Dolly: otro cocker medio loco que alborotaba los espacios. Y sin querer, ella fue la causante de la salida del Teddy de casa porque un día su saludo fue un tanto más brusco para una niña de 2 años y mi papá, al ver a la toddler debajo del monstruoso Teddy que la atacaba a lenguazos, dijo lo mismo que con el Führer: “se tiene que ir antes que también este quiera comerse a la bebé”.
Pienso que generacionalmente ha habido un cambio en la manera en que se tienen mascotas en casa. Simplemente no me imagino regalando un animalito a menos que fuera porque hay guerra y estoy escapando del país o porque sé que pronto partiré del mundo y no lo quiero desamparar. Sin duda, no teniendo hijos, no existe para mi ninguna causa que amerite el regalar a un miembro de la familia.
Y no los juzgo, ¿eh? Sé que en una cuestión de 30, 40 años, el estilo de vida ha cambiado 180 grados y hoy por hoy, los animalitos ya ni siquiera son “mascotas” sino miembros de la familia.
Y bueno, a mis papás les gusta los perros, previo a traernos al mundo, ambos tuvieron historias de amor con seres peludos de cuatro patas, pero en ese período a ambos les ganó lo naturalmente esperado: priorizar el bienestar de sus crías.
Les ha gustado tanto los perritos, que la frase del título es en honor a la versión que mi papá cantaba, cambiándole la letra, con la música de la famosa canción de Los Vikings.
Y bueno, la frase no salió así por así. Esa frase fue inspirada por un pequeño revoltoso, de aquellos personajes “parteaguas” en la vida. El Bonsái. El perrito que hasta el día de hoy es recordado por sus peculiaridades y rarezas, su carácter fuerte y envalentonado, a pesar de su look un tanto delicado, propio de un French Poodle en todo su esplendor (chaleco y pantalón incluídos, aquel famoso corte de pelo que le hacían cada cierto tiempo).
El Bonsái, Bonsi, Bibish – y 20,000 nombrecillos más – merece su propio espacio. Fue protagonista de muchos relatos, como para hacer una serie o una novela sobre esos casi 20 años que se echó.
Matusalén, dijimos alguna vez al respecto de don Bonsi. Sobrevivió incluso a la muerte de su hermanito pequeño, su adorado Canchito. Sobrevivió, cuando ya ancianito y ciego, siguió de largo en el balcón de la casa y terminó un nivel abajo. “Duro de matar”. Ese era el Bonsi.
Después llegaría la famosa manada que hasta la fecha nos despierta suspiros a quienes la recordamos. Cuatro perritos que encajaron como por encargo. Dos rescatadas y dos “de raza”. Alguna vez ya he contado sobre el amor peludo de mi vida. Hasta la fecha, no la he reemplazado en mi corazón.
Pero bueno, existen también los sobrinos de cuatro patas, felinos y caninos, que me permiten seguir experimentado este tipo de conexión. |
El amor más puro que existe viene de esos seres que viven muy poco, pero marcan la vida para siempre.

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